¡Oh capitán, mi capitán!

Anoche fui a ver una historia que me marcó desde que la vi por primera vez en el cine en 1989: El Club de los Poetas Muertos, de Tom Schulman. Esta vez fue una adaptación teatral del guion cinematográfico. Había visto la película dos veces en sus días de estreno cuando aún vivía en Venezuela, y quedé fascinado por unos diálogos que no he olvidado en más de tres décadas, y cuando supe que estaba en cartelera en Madrid en estos días no lo pensé dos veces y decidí volver a verla.

La puesta en escena es magnífica. El uso del espacio del aula y del patio, los cuerpos moviéndose al ritmo de una disciplina impuesta y luego rompiéndola, le dan una fuerza física a la historia que el cine, por naturaleza, no puede ofrecer. El teatro tiene una ventaja y es que nos da una conexión real entre actores y público, creando ese intercambio en tiempo real que solo la función en vivo puede ofrecer. El actor de teatro depende completamente de su expresión corporal y de la proyección de su voz natural para alcanzar la última fila de butacas. Esto exige un despliegue de energía física mucho más imponente que la sutil contención que requiere una cámara de cine. Por eso ayer pude volver a disfrutar de esta obra, pero esta vez de una manera más intensa y diferente.

Pero lo más importante es que la verdad que perdura tanto en el cine como en el teatro es la pregunta que deja flotando: ¿cuál es tu verso? La que el profesor Keating les hace a sus alumnos citando a Walt Whitman, y que en realidad nos hace a todos los que estamos sentados en la butaca. Es una obra muy filosófica sobre la vida y el trascendentalismo, pero más sobre la valentía de no vivir la vida que la familia o la sociedad han escrito para nosotros.

Creo que, ya sea en cine o en teatro, todo joven debería tener la oportunidad de ver esta obra porque te hace pensar, te invita a aprovechar el tiempo antes de que sea tarde, a no desperdiciarlo. Te habla de la presión del conformismo, de ser aceptado y de lo difícil que es sostener el pensamiento propio incluso cuando uno cree estar siendo libre. Yo la vi cuando aún era joven. Y comprendí el mensaje, aunque ya para esa fecha estaba viviendo como yo deseaba. Hoy la vi desde otro punto de vista, esta vez con más edad, mirando el camino recorrido, pero con la satisfacción de haber vivido mi carpe diem. La obra es además una oda a Walt Whitman, el poeta norteamericano a quien tantos le han dedicado loas, algunos grandes como Lorca, Martí, Neruda, Borges. Se las recomiendo sin reservas. Salgan al teatro o búsquenla en las plataformas de cine y pregúntense, aunque sea por una noche: ¿cuál es mi verso?

Ojalá les guste tanto como a mí.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll to Top