
Desde niño, en La Habana, aprendí a venerar a José Martí como se aprende a venerar el aire: sin cuestionarlo, sin entender bien por qué, simplemente porque todo a tu alrededor te dice que es lo correcto. Martí era el Apóstol, el padre de la patria, el «autor intelectual» de una revolución que yo nunca voté ni aprobé.
Desde que salí de Cuba, empecé a leer a Martí de verdad. No las frases recortadas que aparecen en los murales de La Habana ni las citas sacadas de contexto que el régimen repite como si fueran oración. Me refiero a Martí entero: sus crónicas, sus cartas, sus ensayos. Y lo que encontré me dejó pensando durante muchos años.
La pregunta que le importa a muchos cubanos hoy es: ¿fue Martí socialista? ¿Apoyaba lo que después se instaló en Cuba en nombre suyo? La respuesta corta es no. La respuesta larga es más interesante.
En 1883, Martí asistió en Nueva York a un acto en honor a Karl Marx, quien había muerto ese año. Escribió sobre ese acto para el diario La Nación de Buenos Aires, y lo que escribió es revelador. Por un lado, reconoció que Marx «merece honor» por haberse puesto del lado de los débiles y los explotados. Pero enseguida llegó la crítica, y no fue suave: «No hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño.» Martí veía en Marx un diagnóstico correcto, pero un tratamiento equivocado. La lucha de clases, la revolución violenta, la imposición de un sistema desde arriba: nada de eso encajaba con la visión martiana del mundo.
Once años después, en 1894, a solo un año de morir en el campo de batalla de Dos Ríos, Martí le escribió una carta a su amigo Fermín Valdés Domínguez que es, quizás, el texto más claro que dejó sobre este tema. En ella identificó dos peligros de la idea socialista: primero, lo que llamó «las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas», esa tendencia de importar ideologías que no nacen de la realidad latinoamericana. Y segundo —y esto es lo que más me llama la atención— «la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados.» En cristiano: advirtió que el socialismo era una herramienta perfecta para que los oportunistas se disfrazaran de salvadores del pueblo mientras perseguían su propio poder. ¿Les suena conocido?
El académico Carlos Ripoll, en su libro José Martí, the United States, and the Marxist Interpretation of Cuban History, documenta con precisión cómo el régimen castrista manipuló sistemáticamente la figura y los escritos de Martí para darle a la revolución comunista una legitimidad que no tenía. Ripoll demuestra que Martí era un liberal del siglo XIX en el sentido más clásico del término: creía en la democracia representativa, en el sufragio universal, en la libertad individual, en la convivencia de ideas distintas. Su proyecto para Cuba era una república, no una dictadura del proletariado.
Ahora bien, hay algo que vale la pena aclarar, porque si no uno puede irse con la idea equivocada. Martí no era un hombre frío ante la miseria. Todo lo contrario. En 1884 publicó en la revista La América un ensayo titulado «La futura esclavitud», donde analiza un trabajo de Herbert Spencer sobre los riesgos del intervencionismo estatal. Spencer desmonta con frialdad las políticas de alivio social —las casas para los pobres, la intervención del Estado en los ferrocarriles— y predice que ese camino lleva a una nueva forma de esclavitud burocrática. Martí le da la razón en varios puntos. Pero después hace algo que Spencer no hace: lo humaniza. Le reprocha que señale los errores del socialismo sin ofrecer consuelo a los que se están «royendo los puños de hambre» en las calles mientras otros pasean erguidos con rentas suficientes para cubrir a toda Inglaterra de guineas. Y ahí viene una de las frases más reveladoras que escribió: «Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.» Para Martí, la política se medía por su capacidad de aliviar el sufrimiento humano, no solo por su coherencia teórica. Podías equivocarte en el método, pero si partías de compasión real hacia los humildes, nunca estabas del todo equivocado.
Aquí está, creo yo, la clave para entender a Martí completo. No era socialista, pero tampoco era indolente ante la miseria. Rechazaba el socialismo como sistema porque veía con claridad adónde llevaba. Pero exigía que cualquier política, de cualquier signo ideológico, partiera de la compasión hacia el humilde. Sin ese principio, sin ese calor humano, todo lo demás —las teorías, los sistemas, los manifiestos— era letra muerta.
Con ese rasero en la mano, el régimen cubano no solo ha traicionado a Martí políticamente. Ha traicionado su criterio moral más fundamental. Porque después de más de sesenta años en el poder, con el pueblo empobrecido, silenciado y sin libertad, lo que queda es esto: yerran y no consuelan. Las dos cosas a la vez. Y eso, según el propio Martí, es lo único verdaderamente imperdonable.
Se merece ser leído completo, en contexto, con honestidad. Cuando lo haces, encuentras a un hombre complejísimo: poeta y político, visionario y pragmático, que amaba a Cuba hasta el último aliento y que murió antes de ver lo que harían con su nombre.