El Adagio de Albinoni

De vez en cuando me recuesto en el sofá, me pongo los audífonos, cierro los ojos, y dejo que empiece el Adagio de Albinoni, siempre la versión original, para cuerdas y órgano, sin adornos posteriores. No sé en qué compás exacto ocurre, pero ocurre siempre; las lágrimas llegan solas. No es tristeza, o al menos no solo eso. Es más bien un quejido del alma que, mientras me hunde, también me eleva. Como si la pena, llevada lo suficientemente lejos, se convirtiera en otra cosa.

Descubrí que el Adagio no lo escribió Albinoni. Lo escribió Remo Giazotto, un musicólogo romano que en 1958 publicó la pieza asegurando haberla reconstruido a partir de un fragmento manuscrito rescatado de la Biblioteca de Dresde, destruida por las bombas aliadas en 1945. El fragmento nunca ha sido visto por nadie más. El mayor experto en la obra de Albinoni, Michael Talbot, concluyó sin rodeos que la pieza da una imagen completamente distorsionada del compositor veneciano. La prensa musical, menos comedida, lo ha llamado directamente un fraude. Así que la pieza que me emociona cada vez que la escucho es, en rigor documental, mentira. Sin embargo, ningún archivo desmiente lo que me pasa a mí cuando la escucho. Ahí está el misterio verdadero, no en si Giazotto encontró o inventó su fragmento, sino en que una música fabricada a sabiendas, con nombre prestado y coartada inventada, consiga sonar más verdadera que casi todo lo auténtico. Los críticos se han pasado setenta años discutiendo su paternidad sin ponerse de acuerdo. Eso sí, nadie discute su efecto.

Quizás ahí esté la lección. Demuestra que la autenticidad de una emoción no depende de la autenticidad de su firma. Que un hombre pueda inventarse un compositor muerto para poder emocionar a un público a través de él, dice más sobre la música que cualquier partitura verificada.

Si no la conocen, les propongo un experimento sencillo. Busquen la versión para cuerdas y órgano, no las que han sido arregladas para sinfónicas u otros instrumentos. Siéntense. Apaguen la luz si quieren. Cierren los ojos. No hace falta que sepan nada de Albinoni ni de Giazotto. Y después cuéntenme qué les pasó.

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