
Fui a ver La luz, la nueva película de Fernando Franco, sin demasiadas expectativas. Y salí pensando en Dostoievski.
No es una comparación tonta. El tema central de la película —un sacerdote que ha abusado de menores y que intenta, ya tarde, hacer las paces con lo que hizo— toca exactamente el territorio que Dostoievski exploró en Crimen y castigo: la distancia que existe entre el arrepentimiento como negociación y el arrepentimiento como rendición. Son dos cosas completamente distintas, aunque las dos lleven el mismo nombre.
Al principio, el personaje de Manuel busca el perdón de sus víctimas. Pero hay algo en esa búsqueda que no termina de ser limpio. Quien pide perdón todavía está pensando en sí mismo, en aliviar su propia carga, en cerrar una cuenta pendiente. El arrepentimiento auténtico, si existe, no pide nada a cambio. Es gratuito y no espera respuesta.
Lo que cambia a Manuel es algo que se descubre avanzada la película, y que prefiero no contar. Basta decir que en ese momento ya no hay manera de seguir negociando. El daño dejó de ser abstracto. Tiene un peso definitivo, irreversible. Y Manuel, por primera vez, deja de buscar el perdón y empieza a buscar el castigo, que es distinto. Quien busca el castigo no espera salir ganando. Acepta que hay deudas que no se saldan.
Dostoievski llegaba a este mismo punto, pero desde la fe. Para él, el sufrimiento era una forma de purificación, y al final del camino había algo parecido a la gracia. Franco no ofrece eso. Su película es laica hasta los huesos, y lo que propone es más incómodo: que hay crímenes que, aun pagados legalmente, aun con arrepentimiento genuino, no serán perdonados por la mayoría de las personas. Y que eso no es necesariamente injusto.
Hannah Arendt decía que el perdón es el único acto capaz de interrumpir la cadena de consecuencias de una acción pasada. Pero también reconocía que hay actos que están fuera de esa posibilidad; lo que ella llamó el mal radical. No porque los seres humanos sean rencorosos, sino porque ciertos daños no son reparables, y fingir que sí lo son sería una segunda mentira.
Queda una pregunta que la película deja abierta y que a mí me parece la más interesante. Algunos piensan que quien acepta voluntariamente su castigo está, en cierto modo, reconociendo la ley moral por encima de su propio interés, y que en ese gesto hay algo que merece ser llamado integridad. Tal vez. Pero las víctimas que sobreviven no tienen ninguna obligación de encontrar consuelo en la dignidad tardía de quien las destruyó.
La luz no da salidas fáciles. Ni para Manuel, ni para el espectador.