
Hace unos días entré en la Fundación Mapfre de Recoletos sin saber muy bien qué esperarme. Salí con la sensación de que acaba de conocer a alguien. No a un personaje de ficción, sino a decenas de personas reales cuyas caras me persiguieron el resto del día. Todas ellas fotografiadas por Richard Avedon. Todas ellas del Oeste americano. Ninguna de ellas se parece al Marlboro Man.
Para quienes no lo conozcan (como me ocurrió a mi), Avedon (Nueva York, 1923 – Texas, 2004) es uno de esos nombres que aparecen cuando se habla de los grandes de la fotografía del siglo XX. Pero decir eso no dice gran cosa, así que voy a intentar explicarlo de otra manera.
Imaginen a alguien que con doce años ya andaba con una cámara, que en la Segunda Guerra Mundial retrató miles de caras en la Marina Mercante y que con poco más de veinte se convirtió en el fotógrafo estrella de Harper’s Bazaar, la biblia de la moda de aquella época. Avedon fue el tipo que, literalmente, cambió cómo se fotografiaba la moda: sacó a las modelos de los estudios, las puso a bailar en las calles de París y convirtió las fotos de ropa en algo que parecía vivo.
Su nombre inspiró incluso el personaje de Fred Astaire en la película Funny Face (1957). No está mal para alguien que empezó fotografiando carnets de identidad en un barco.
Pero lo que más me interesa de Avedon, y lo que entenderás si ves la exposición o buscas su libro, es que nunca se conformó con hacer fotos bonitas. Tenía una obsesión: la superficie de las personas. Decía que creía «profundamente en las superficies», porque en ellas estaba todo: la edad, el cansancio, la alegría, la rabia contenida. Y para capturar esas superficies sin distracciones, desarrolló un método sencillo y brutal a la vez: fondo blanco, luz directa, sin adornos.
En 1979, Avedon recibió un encargo del Amon Carter Museum de Fort Worth, Texas: documentar el Oeste americano. Podría haber hecho algo épico, lleno de praderas y vaqueros de postal. No lo hizo.
Durante cinco años recorrió trece estados con su cámara de gran formato —esas cámaras antiguas de trípode que disparan con placas enormes— y fotografió a las personas que de verdad vivían allí: trabajadores de mataderos, mineros, vagabundos, recolectores de basura, empleadas de motel, chavales sin rumbo. La gente que el imaginario de Hollywood había dejado fuera del encuadre.
El resultado fue In the American West, publicado como libro en 1985 y considerado hoy una de las grandes obras de la fotografía del siglo XX.
La técnica era aparentemente simple: Avedon desplegaba una tela blanca en cualquier lugar, al lado de una carretera, frente a una gasolinera, en mitad del desierto, y fotografiaba a sus sujetos contra ese fondo neutro. Sin contexto, sin escenario. Solo la persona.
Esa decisión, que puede parecer fría o clínica, en realidad tiene el efecto contrario: sin nada que mirar alrededor, los ojos van directamente a la cara. Y esas caras lo cuentan todo.
No todo el mundo recibió la serie con aplausos. Los habitantes del Oeste fueron, de hecho, los primeros en protestar.
Muchos vieron en el trabajo de Avedon una colección de personas desfiguradas, enfermas o al límite. Se le acusó de explotar la miseria, de llegar desde Nueva York con sus prejuicios de urbanita sofisticado y retratar el Oeste como si fuera un zoo. Su propia asistente reconoció que la visión de Avedon era una «sola vía»: la que encajaba con lo que él quería mostrar.
Avedon nunca pretendió ser neutral. «Todas las fotos son una opinión», decía. La suya era claramente crítica: retrataba la América de Reagan, la de la recesión económica de principios de los ochenta, la de los trabajos duros y los sueños rotos. No el sueño americano, sino su reverso.
¿Es eso explotación o es honestidad? Esa pregunta es parte de lo que hace interesante la exposición.
Si estas en Madrid y tienes una tarde libre, ve a la Fundación Mapfre de Recoletos. No hace falta saber nada de fotografía para que las imágenes nos afecten. De hecho, quizás es mejor no saber demasiado.
Las copias que se exponen son impresionantes en tamaño: algunas casi tan grandes como una persona. Cuando te plantas delante de ellas, la sensación es extraña. No es como ver una foto en una pantalla ni en un libro. Es algo más parecido a encontrarse cara a cara con alguien que lleva cuarenta años esperando que lo mires.
Y eso, al final, es lo que buscaba Avedon. Que no pudieras apartar la vista.